Adiós a la ferretería que vio nacer el barrio malagueño de La Luz

Ferretería La Cadena, un pequeño comercio incrustado en la vida cotidiana del barrio malagueño de La Luz, bajó definitivamente la persiana y puso fin a cinco décadas de actividad en la esquina de la calle Berruguete. El cierre llegó con la jubilación de Paco, el empleado que había sostenido prácticamente en solitario el negocio durante los últimos años.

El propietario, Julio, de 79 años y originario de Granada, abrió la tienda cuando el barrio apenas empezaba a levantarse. “He visto nacer este barrio desde mi ferretería”, recuerda. Antes de emprender, había trabajado en la construcción, estudió para ser técnico industrial y participó en grandes obras, además de pasar por la fábrica de Ford en Almussafes.

Ese bagaje técnico lo aplicó directamente al local. Diseñó la distribución, montó las estanterías y dio forma al espacio con sus propias manos. En los inicios contó con la orientación de un ferretero experimentado, y poco a poco el negocio creció hasta convertirse en una referencia para los vecinos. De una sola máquina de hacer llaves pasó a varias y llegó a tener cuatro empleados.

La crisis y la resistencia

La recesión de 2008 frenó el ritmo y obligó a reducir plantilla. Con el tiempo, la ferretería quedó prácticamente en manos de Paco, que ha trabajado allí 35 años. Aun así, La Cadena mantuvo su papel de comercio de proximidad, incluso cuando las grandes superficies empezaron a dominar el mercado.

“Cuando empezó el boom de las grandes superficies, venía gente con cosas de Leroy Merlin o Ikea cada dos por tres: ‘Mire usted, esto ha venido sin tornillo’. Les buscábamos los tornillos adecuados o hasta les ayudábamos a montar lo que fuera. Muchas veces era más asesoramiento que venta”, explica Julio, que siempre se ha considerado “alguien muy normal” que hizo las cosas “como las vio mejor”.

La tienda ha cerrado, pero el interior sigue intacto, repleto de material acumulado durante décadas. Julio no tiene claro qué hacer con él: liquidarlo por internet, venderlo junto al local o esperar a que aparezca alguien dispuesto a continuar con un negocio similar. “No tengo prisa”, afirma. Escucha ofertas con calma, consciente de que una decisión precipitada podría hacerle arrepentirse.

Mientras decide, la esquina de Berruguete permanece en silencio, como si el barrio aún no terminara de acostumbrarse a la ausencia de una ferretería que formó parte de su paisaje durante medio siglo.

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