Sin clavos en el reinado del coronavirus

EDITORIAL 

Ahora que la población podría hacer bricolaje a conciencia, cierran las ferreterías. Es una mala noticia no encontrarlas en la lista de negocios que sí pueden funcionar en el reinado del coronavirus. Como se lee en un «meme» que circula mucho estos días, ¿me está usted diciendo que no puedo salir de casa, pero que sí puedo ir a trabajar, al banco, a por pan, a por el periódico, a sacar al perro, a comprar tabaco, a hacer cola en la carnicería, frutería, pescadería… a cambiar las gafas o el móvil, a recoger el traje de la tintorería, a poner gasolina…?
Pues es cierto. La ferretería no aparece en la lista de lo que se puede hacer. Así que nada de tornillos, ni de llaves, ni de cerraduras, ni de cortinas, ni de lámparas, ni de cafeteras, ni de taza para ese café en soledad… La ferretería, ni para comprar clavos. Los únicos clavos que encontraremos estos días son los del coronavirus.

Es la primera vez que tenemos que escondernos para ganar una guerra. Y, tenemos que decirlo, no estamos de acuerdo. Por mucho que el enemigo sea invisible, dar la cara es buscar la victoria. Y hacerlo pronto, es ganar antes. Pero nada de eso ha ocurrido. El tiempo dirá si tiene razón el Reino Unido dejando que el virus siga su curso, o la tiene Italia y España con su idea consumada de cerrar ciudades y encerrar ciudadanos. Cuando la comunidad científica dice que el 70 por ciento de la población se infectará sí o sí, ya está todo dicho.

A estas alturas de la pandemia, la sanidad podría colapsarse aunque nos quedemos en casa. Para evitarlo tendríamos que haber reaccionado hace semanas, cuando aún todo ocurría lejos: cerrar las fronteras, equipar hospitales e instalar otros nuevos de campaña, movilizar todos los medios materiales y humanos y poner los hoteles y la sanidad privada al servicio de la causa. Por si acaso. Y una vez prevenidos, que el virus reine por donde quiera.

Los gobernantes se han parapetado en su nada. Muchos ciudadanos creen que la declaración del Estado de Alarma responde a una decisión poco novedosa: quieren dar la sensación de que hacen algo grande frente a un problema grandísimo, que no han sabido, o no han querido, atajar a tiempo. El desatino puede ser descomunal.

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Quedémonos con que todo esto es temporal y que muy pronto tendremos que estar todos a pleno motor de nuevo. Para entonces, si ocurre lo que ya hemos visto en debacles precedentes, el rebote puede ser de cohete. Por ahora, dejémoslo así.

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