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Informar en un ecosistema digital saturado de voces, estímulos y urgencias, es una tarea que se enfrenta cada día a uno de los mayores desafíos de su historia: seguir siendo un pilar de verdad y utilidad en medio del ruido. Hoy los datos circulan a la velocidad de un clic y se consumen con la misma rapidez con la que se olvidan. En este escenario, la información comprometida con el rigor, el contexto y los cánones profesionales no siempre puede competir con la velocidad de los algoritmos. Pero sí puede (y debe) hacerlo en calidad y humanidad. Este compromiso es más necesario y urgente que nunca.
Las redes sociales, en este sector y en otros, han transformado la forma en que se produce y distribuye una buena parte de la información. Son fuentes instantáneas que, a menudo, se constituyen como el único canal de comunicación de las empresas. Y ahí está el primer problema. Porque informar sólo por ese canal genera contras evidentes, la más clara, la inutilidad de lo que se publica. Quienes lo hacen desconocen seguramente que el medio es el mensaje (McLuhan dixit) y que dirigirse a la sociedad de ese modo convierte la comunicación seria en sospechosa “per se”. Las redes sociales son el terreno más fértil para la desinformación, los bulos y la manipulación algorítmica. Los lectores lo saben, por lo que el resultado es casi siempre desalentador y muy alejado de lo que se busca.
La credibilidad, piedra angular del oficio, está amenazada en las redes sociales, que transmiten con facilidad contenidos no verificados e inútiles, en los que se confunde opinar con informar, entretener con explicar, influir con trolear. En demasiadas ocasiones, lo que se quiere presentar como noticia no es más que simple ruido. Y en esa dinámica, también pierde el periodismo serio, que se queda atrapado en el mismo saco de los creadores sin formación ni ética.
Frente a este panorama, los profesionales de la información deben conservar el valor de la credibilidad. Los medios con procesos editoriales rigurosos son mucho más fiables que cualquier otro canal donde “cualquiera” puede informar. A este respecto, conviene recordar una pregunta que debería incomodarnos: ¿Se pondría usted en manos de un médico sin titulación? Entonces, ¿por qué confiar la información a medios o canales que no garantizan los valores de rigor y autenticidad?
Editorial de la revista Iberferr impresa, febrero de 2026.




